S?bado, 05 de diciembre de 2009

Llegó la Navidad y parece que los tiempos de reflexión, de escrutarnos a nosotros mismos emitiendo evaluaciones en las que nuestros aciertos y errores queden al descubierto en ejercicios de introversión han tocado a muerte, afortunadamente no son más que excepciones pero eso sí, muy llamativas, consecuencia de la estulticia y testarudez de quien y quienes en un acto de celebración, convierten estos días en enérgicas llamadas al consumo de productos “todo a cien” que exponen desde sus hogares convertidos en análogas réplicas de estos establecimientos, pero cuyos productos sugieren, empaquetados en grandes dosis de fácil imaginar, en  toda una retahíla de retazos que despiertan el erotismo dormido, el amanecer de bajas pasiones amordazadas por autocensuras de añosos tiempos. Parecen buscar la excitación a través de un juego de luces tan brillantes como estridentes que son el estandarte del travestismo, convirtiendo la decoración navideña en réplica de cualquier prostíbulo barato de carretera.

 

Llegó la Navidad y con ella parece florecer nuestra complejidad aquiescente dormida por las decoraciones repletas de bolitas, árboles y otros artilugios que nos emborrachan de luz y nos pierden  la razón. Pero se produce entonces una extraña corriente que nos arrastra a la consecución de una de las más horteras decoraciones navideñas, muy arraigadas en casas de reclamo de amores fáciles de frías entregas arropadas por el efímero traje del dinero, de las que parecen extraídas y que inundan los hogares de pueblos y ciudades. 

 

Es posible que todo lo dicho no sea más que la consecuencia del sueño de la transgresión de nuestra vida prolongada en los hogares, cansados de la rutina que cimienta los convencionalismos, y no hallando discreción simulada en los tiempos del carnaval, aprovechamos estas fiestas para dar distinción a un hogar, arropado en decoraciones navideñas de ¿devoción?, simple celebración o adhesión a unas fiestas que pueden ser una excusa más para airear penas y glorias, colocando estrellas y otras similitudes de las que emergen coloridos que intermitentemente golpean nuestros ojos y enervan nuestras mentes, vulgares decoraciones que no consiguen más que exponer a las curiosas y también esforzadas e involuntarias miradas ajenas, la exaltación plausible del mal gusto, de llamadas al desenfreno aprovechando las opulentas cenas y descuidadas preocupaciones regadas con pizcas de alcohol, confundiendo hogar, familia, Navidad con una más que confusa mancebía.

 

 


Tags: navalcarnero, navidad, opinión

Publicado por amdyaz @ 1:56
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